La siesta
Cuando era chico no había momento más odioso que la hora de la siesta. Odiaba la siesta. No es que odiaba dormir la siesta, por ni siquiera la dormía. Lo que me daba bronca era tener que dejar de jugar en el “horario de la siesta”. Recuerdo que los domingos nos juntábamos a almorzar pastas en la casa de mi abuela, con todos mis primos y mis tías.
Y cuando terminábamos de comer yo quería jugar con mis primos. A veces durante el almuerzo, en esa mesa larga, nos mirábamos con mis primos de manera cómplice, como complotando una huida rápida de la mesa para salir al patio a jugar. Pero por lo general teníamos que esperar a que los adultos terminaran de comer. Luego, mientras los grandes hacían la sobremesa, nosotros aprovechábamos y salíamos.
Jugábamos a la mancha, a la escondida y a la pelota. Pero al ratito de haber salido a jugar llegaba la hora de la siesta. El momento en el que los grandes iban a dormir. Entonces parecía que se acababa el mundo. Mi mamá con un solo gesto ya me pedía que deje de jugar y me callara. Entonces se acababa la alegría. Y no solo pasaba los domingos con la familia, en casa también. En mi barrio se respetaba la hora de la siesta y de 2 a 4, 4 y media de la tarde había como un toque de queda en la calle. Ningún chico debía estar afuera en esa franja horaria.
Y mirá ahora, pasó el tiempo y 30 años después, una de las cosas que más me gusta hacer es dormir la siesta.
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